
Había una vez una región gobernada por una reina cultísma, se decía que en lugar de bizcochos deboraba dos o tres libros en cada desayuno, y así fue como todos hablaban de su sabiduría, llegando a apodarle incluso "el oráculo" pues se decía que tenía respuestas para todo. En ocasiones ordenaba algún vasallo suyo lejos, muy lejos, tan lejos como fuese necesario, con tal de conseguir cuantas obras nuevas para ella pudiera, y cuando encontraba alguna obra interesante, la reina quedaba tan absorta que olvidándose incluso a veces de comer, palidecía y enflaquecía hasta haber acabado su tarea lectora. Mas los libros no eran de su dominio exclusivo, en su castillo no tenía un lugar donde almacenar aquellos exquisitos libros, y una vez leídos eran donados, para poner todo el saber en circulación.
Se daba la paradoja de que aquella reina tan sabia no conocía la ignorancia de su pueblo, en en la mayor parte de las ocasiones, aquellas obras maestras, aquellos finos manuscritos en vitela...acababan por alimentar las hogeras, que alumbraban por doquier en Invierno.
Un dia estando la reina de viaje, no tubo más remedio que cobijarse de la fuerte lluvia en la casucha de un campesino que buenamente le ofreció todo lo poco que pudo, y fue tal el horror que sintió cuando comprobó con sus ojos lo que echaban a la lumbre que enfurecida castigó a multas y trabajos a todo aquel que hubiera cometido tal pecado, hasta haber pagado el mismo precio del libro, a veces incalculable.
Pero todos, absolutamente todos cuantos vivían bajo su gobierno eran culpables, quien más y quien menos había dado el mejor uso que pudo y supo a aquellos libros, y ante tantas multas y castigos, el pueblo, que no comprendía se sintió con fuerzas y unido, aquello para ellos era un sin sentido.
Aquello puedo haber acabado en tragedia, o en un baño de sangre,cuando las masas enfurecidas arremetieron contra lo que opinaron era el origen de todos sus males, pero antes de que nada de esto ocurriese, fueron las conjuras palaciegas las que apartaron a la reina de su trono, de su amado escritorio, de las consumidas velas que alumbraban sus lecturas, y de aquellos serviles hombres que traían de lejos su bien más amado.
Quién le diría antes, que acabaría sus días recluida entre los muros de un claustro, quién le diría que aquellos serían los días más felices de su vida. Dedicada en cuerpo y alma a las letras, empleando todas sus energías en su eterna vocación.
Con el tiempo, antes de su muerte, hubo pedido perdón a todos aquellos que hubieran sido sus vasallos, reconociendo que toda la culpa, pese al origen generoso de su idea, era suya, y si bien siempre había sido considerada sabia, hasta aquel día no comenzó a considerarse de tal manera ella misma.
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